Paolo Sorrentino; el arte o la vida

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¿Es el arte la máxima expresión del ser humano? Quizá. O quizá el arte pueda ser la expresión de un individuo frente a la visión de una sociedad concreta. Es más, el arte puede ser hasta aquello que un individuo cree que la sociedad está dispuesta a consumir, limitándolo a la simple mercadería capitalista, a la forma de ganarse el jornal sin picar piedra o amasar harina. ¿Es el arte un concepto concreto, definible, absoluto, sacro y desvinculado del individuo y la sociedad? No, definitivamente no.

Sorrentino

Pongámonos en antecedentes. Paolo Sorrentino (1970) es la penúltima gran esperanza de la patria Italiana para hacer resurgir el nombre su maltrecha industria cinematográfica, no más maltrecha que la industria cinematográfica española, la industria cinematográfica griega o la industria laboral mediterránea, en general. Su debut se produce en 2001, con El hombre en la luna, y sobre sus espaldas recae a partir de ese momento el peso de ser el nuevo Federico Fellini, el nuevo Sergio Leone, el que reviva al Benigni de 1999 y recoja su Oscar pisoteando las cabezas de Di Caprio y Clooney.

Sólo tuvieron que esperar tres lustros para volver a ver a un italiano recogiendo el Oscar a la mejor película extranjera, y si bien la recogida como tal fue decepcionante comparándola con la de Roberto, el filme por el que lograría la estatuílla está más que a la altura de La vida es bella, y no encontraría rival en sus competidoras de ese año, grandes películas como The Broken Circle Breakdown (Alabama Monroe, 2012) o Jagten (La Caza, 2013). Hablamos de La Grande Bellezza (2013)

La Grande Belleza; el arte como trampa.

El despertar en medio de la decadencia de aquellos quienes perdieron sus mejores años de vida intentando ser nadie mientras tratan de extender la mentira para seguir viviendo de ella entre fiestas elitistas y performances injustificables, sirve como revulsivo para iniciar el viaje de un literato venido a menos desde su única gran novela, Jep Gambardella (Toni Servillo), hacia los orígenes del arte dentro del propio individuo, revestidos de nostalgia amorosa, y reencontrar la esencia de sí mismo, reencontrar la literatura, reencontrar el arte en su máxima expresión que no es sino la expresión de la condición humana. ¿En qué queda esta búsqueda? En un truco; en el truco que tienen todos sus personajes para seguir adelante, ya sea el truco que perpetúa su presencia entre la jet set, el que subvenciona las fiestas y las drogas o el que, mediante la mística romántica y la introspección, busca plasmar la idea megalómana de perpetuar nuestro paso por la Tierra.

Youth – La Giovinezza (2015); sobrevivir a la trampa.

¿Hay vida después de la vida? Se llama jubilación, y es posible que mi generación no sepa lo que es. La Giovinezza nos sitúa en un retiro de lujo donde aquellos que se perdieron tratan de buscarse y aquellos que ya cumplieron con lo que tenían que ser descansan su cuerpo, esperando el abrazo de la nada. Fred (Michael Kaine) y Mick (Harvey Keitel) son dos viejos amigos ligados al arte: Fred como famoso director de orquesta y compositor ya retirado; Mick como reconocido director de cine en busca de su última gran obra tras múltiples películas mediocres. Fred es el ocaso, la transcendencia, la negación de lo que uno fue; Mick es la decadencia, el desplome, la negación de lo que uno es. Patalear en un naufragio o dejarse llevar por el oleaje. Caer de un edificio de cinco plantas o morir carbonizado. Más allá del análisis vital que hace Sorrentino en este largometraje, encontramos de nuevo la relación entre el arte y el ser humano.

Del truco a la inconveniencia social

Los nexos entre ambas películas son numerosos, si bien priman tres elementos comunes por encima del resto: decadencia, senectud, arte. Ambas películas nos muestran personajes afrontando su declive, en el que predominan los personajes deteriorados, obsoletos, cuyo pasado triunfal ensombrece a negro hasta ocultar la realidad actual; están viejos, están cansados y su tiempo ya pasó, pero no lo ven. El arte funciona en ellos como truco individual, como trampa egoísta para justificar la vida, es simple ilusión porque el arte es un cristal translúcido entre el individuo y la sociedad, sólo pueden coexistir en paralelo; sólo es arte aquel que permanece en paralelo a la sociedad y al individuo. Alrededor de esta coexistencia se generan múltiples trampas que buscan el dinero, el reconocimiento, la identidad o el leit motiv vital; lo que es el arte como modus vivendi del individuo, puede ser motivo y consecuencia del propio arte.

Si extrapolamos el análisis de los personajes a la sociedad que Sorrentino representa, la conclusión es sencilla: el occidente viejo y cansado, no quiere ser consciente de su decrepitud, no quiere asumirla y no quiere dar paso a nuevos tiempos, y el arte, junto al artista, habiendo perdido la capacidad para reflejar el momento social actual, no es más que un truco, un espejo hacia el pasado que perpetúa el estado convaleciente en el que se encuentra, una ilusión que ni sirve al individuo ni sirve a la sociedad. El arte no ha de ser un truco. Solo un truco.

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