El suelo que pisamos: sustratos en arte religioso

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Don Benito Galé Zueco estaba arreglando en 1982 el patio de su casa en Tauste, en la provincia de Zaragoza, cuando halló fortuitamente un capitel islámico de piedra caliza, con dos coronas de hojas de acanto completamente talladas con la técnica del trépano. Varias características formales indicaban que el capitel fue realizado en torno al siglo XI. Esta pieza estaba en su patio, dentro de los límites de lo que se entendía como su propiedad, así que el capitel le pertenece. Pero antes de ser el corral de la casa del señor Galé, ese terreno fue otra cosa.

No sabemos si el capitel correspondía a un edificio civil o religioso, pero lo cierto es que la religión se filtra en las construcciones. Las completa, les insufla vida o las adormece, pero muchas veces están determinadas por ella.

En el sur de España existen multitud de casos que ejemplifican el fenómeno que supone la conversión de un espacio religioso en otro. La Giralda de la catedral de Sevilla, que fue en su tiempo el edificio más alto de la península, aún ‘presumiendo orgullosa’ es una construcción musulmana. Antes de que los cristianos llegaran, fue el minarete desde donde el muecín llamaba a la oración.

Otro ejemplo conocido es el de la catedral de Córdoba. No escribo mezquita de Córdoba porque no está abierta al culto islámico, a pesar de que en numerosas páginas webs y guías turísticas se la siga llamando mezquita, quizá porque es un nombre más exótico, útil a la hora de atraer a más visitantes. En la página oficial del Cabildo aparece como ‘Mezquita-Catedral de Córdoba’ mientras que en su URL solo es Catedral. Allí, hoy en día el visitante pude deleitarse con la magistral superposición de arquerías ideada por los arquitectos musulmanes, o levantar la cabeza admirando la exquisita geometría del mihrab hasta que le duela el cuello. Y además de todo eso, (o quizá sobre todo) el fiel puede ir a misa.

No eran estos los planes de Abderramán III cuando embelleció la joya de Al-Andalus, que había levantado su antepasado Abderramán I en 788. A su vez, esta mezquita primigenia se había construido sobre los restos de la basílica de San Vicente, de época visigoda. Además, para las dovelas de los arcos, los musulmanes copiaron la solución bicolor propia de la arquitectura romana. ¿Parece uno de esos juegos memorísticos en los que había que recordar lo que habían dicho tus amigos para seguir la cadena? Es arqueología.

Arte religioso

Podemos retrotraernos en el tiempo hasta llegar a un punto en el que no hubo allí una sola piedra, o podemos admirar la belleza de la construcción y tratar de buscar espacios para el diálogo y una solución efectiva  a la pluralidad religiosa. Hace pocos días, con una Europa aún inmersa en una fiebre xenófoba a raíz de los atentados yihadistas, Sadiq Khan era elegido alcalde de Londres. Un hombre musulmán, que se había criado en un piso de protección oficial, venció a su rival conservador y a los ataques perpetrados por parte de la prensa que trató de descalificarle. Su triunfo supone una victoria para la diversidad y la multiculturalidad.

Probablemente Khan no tenga mucho que ver con Córdoba, quizá ni siquiera le importe Córdoba o no sepa dónde está, pero su mera elección supone un hito. Supone dejar de encorsetar el suelo que pisamos. Si usted ha visto el Reino de los Cielos, piense en la última escena, cuando Saladino, tras la conquista de Jerusalén, recoge una cruz del suelo y la coloca con cuidado.

Continuando con el plano artístico, el islámico se mantuvo tan íntimamente ligado a la religión que ésta determina la composición de la mezquita, y en el terreno ornamental, correspondió el precepto de Mahoma de no representar a Alá con forma antropocéntrica. En su lugar, los musulmanes nos legaron esmerados motivos vegetales. Si pensamos en los elementos más característicos del arte hispanomusulmán, una de las primeras cosas que se nos viene a la cabeza es el arco de herradura.

Sin embargo, paradójicamente (o no tanto), procede de los visigodos, de donde pasó a éstos y a las construcciones mozárabes y mudéjares. Los musulmanes incorporaron lóbulos y lo hicieron algo más apuntado. La disposición de las dovelas cambia en el arco visigodo y el califal. La Reconquista duró ocho siglos, y todo ese tiempo estuvieron ambas culturas en contacto.

Mudayyan, que significa ‘aquel a quien se ha permitido quedarse’ es el término que hoy conocemos como mudéjar, y  es una expresión del sincretismo entre la tradición musulmana y cristiana. Sus características esenciales en arte son el uso de materiales como el ladrillo y las cubiertas de madera. Buenos ejemplos son Sahagún, Teruel, y Toledo, ‘la ciudad de las tres culturas’. Aquí sobresale Santa María la Blanca, una sinagoga con aspecto similar a una mezquita, fue convertida en una iglesia en el siglo XIV, y actualmente solo se puede visitar, pero no ofician ceremonias.

Está claro que no siempre se respetaron. Carlos V, para probar que los tenía como el caballo de Espartero (y faltaban unos cuatro siglos para que naciese Espartero), hizo levantar en medio de la Alhambra, el ejemplo más famoso de arte islámico en nuestro país, su palacio. Su arquitecto, Machuca, ideó una planta peculiar: rectangular con un círculo inscrito, al modo del Panteón. Y la forma circular es interesante porque los contornos no están definidos tan severamente, y el tiempo parece fluir en sus mármoles. Posee en el exterior un original almohadillado que lo convierte en una obra única dentro del Renacimiento español.

El ‘cambio de manos’ no solo se produce en esta dirección, sino que existen templos cristianos que fueron reconvertidos al Islam. Es el caso de Santa Sofía, con su majestuosa cúpula, que fue catedral cristiana (ortodoxa o católica, con saqueos en las Cruzadas) durante más de mil años hasta la ocupación por Memhhet II en 1453, que levantó minaretes e hizo erigir la media luna.  Actualmente no hay culto religioso, y desde 1935 Santa Sofía es un museo.

¿Puede una obra de arte contemplarse y apreciarse por lo que es, sin que la religión condicione? Supongo que no. Sigfried Giedion fue un estudioso de las primeras formas artísticas de nuestra especie, las primitivas. Según él, el sentido del espacio estaba para estas sociedades mucho más asimilado que el del tiempo. Parece impensable ahora. Importaban los sitios, el espacio es el factor relevante en un momento donde el mundo es aún temprano. Así, en las paredes de las cavernas se funden, sobre las mismas superficies, pasado, presente y futuro como lo que se pintó, se pinta y se pintará.

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