El Bosco. La exposición del V centenario

1546
«Ipse dixit et facta sunt», (Él lo dijo y todo fue hecho), «Ipse mandavit et ­creata sunt» (Él lo ordenó y todo fue creado)
El Bosco

Si la pintura de El Bosco fuese un mes, sería mayo.

En mayo, la flora germina de nuevo con energías renovadas tras una temporada de fríos y heladas, y en las praderas se da cita un abanico de especies animales. Regresa el color a los jardines, que se colman de delicias. Casi parece más fácil entregarse a la imaginación, al deseo, a la tibieza de un mundo más ágil que el anterior.

Es el mismo mayo, de un sol tímido pero capaz de otorgar calidez, el que impera a finales del siglo XV y tras el otoño de la Edad Media en las ciudades de los Países Bajos, disfrutando de un comercio que reporta importantes beneficios a la incipiente clase burguesa. Es una visión idílica y simplista, pero representa de manera esquemática la oposición de la luz frente a la oscuridad que planteó Hyeronimus van Aeken en muchas de sus obras.

Aunque lo hiciera desde una profundo sentimiento religioso. El Bosco eligió la pintura (o se vio abocado a ella, por ser la profesión familiar) para transitar por un mundo de palpitante tensión espiritual. En su universo pictórico, la fantasía y la imaginación desbordante se ponen al servicio de la crítica moral en aras de aleccionar a la población para que logre la salvación y no acabe en el Infierno.

Sin embargo, en el que estamos a punto de adentrarnos no es un infierno como el de Dante, estructurado en niveles, sino que es un Averno caótico, tremendamente dinámico y fatal. Es este Infierno uno de los elementos que más nos conmueven del Bosco: son sus sombras, no sus luces, lo que logran cautivarnos.

Un gran despliegue

De Hyeronimus van Aeken se sabe que nació a mediados del siglo XV en Hertogenbosch, una pequeña localidad holandesa donde transcurriría toda su vida y de la que tomó su pseudónimo. No emprendió, como otros genios universales de la pintura, grandes viajes para empaparse de las experiencias de otros pintores. Su imaginación, su devoción y quizá (y solo quizá) sus deseos fueron lo que necesitó para inspirarse.

Con el motivo del V Centenario de su muerte, desde el 31 de mayo y hasta el 11 de septiembre, el Museo del Prado acoge la exposición más completa jamás llevada a cabo del artista holandés. En ella, además de las clásicas joyas de las que ya disfrutaba el Prado, se pueden admirar otras de la producción del artista y de su taller, así como de sus seguidores, procedentes de Viena, de Lisboa, de la National Gallery de Washington o del Louvre.

La confluencia de tal magnitud de instituciones ha ocasionado algunos roces: los responsables holandeses del Proyecto de Investigación y Conservación de El Bosco cuestionaron la autoría del maestro en varios cuadros del Prado. Esto generó la reacción de los responsables españoles, que se mostraron seguros de contar con auténticos ‘Boscos’.

Ante la dificultad que suponía un recorrido cronológico, ya que Van Aeken no fue muy claro en el aspecto de fechar (y casi en ninguno), la exposición se estructura en bloques temáticos. Uno de los aciertos de esta muestra consiste en explotar las posibilidades de los trípticos, esto es, posibilitar que el espectador pueda deleitarse, por ejemplo, con el Jardín de las Delicias cuando está cerrado. Si las puertas de la joya se cierran, el Paraíso y el Infierno mutan para mostrar el mundo en el tercer día de su creación, envuelto en una esfera frágil de colores grisáceos.

El Prado consigue proporcionar una cosmovisión del mundo del pintor aportando grabados y libros de la época, como el manuscrito de Las visiones del caballero Tondal, de Simon Marmion, en cuyos incendios pudo inspirarse van Aeken. Las radiografías, por su parte, revelan detalles como las rectificaciones que El Bosco fue llevando a cabo en antes de terminar su Jardín.

El Bosco

Asimismo, una película documental se estrena el 9 de junio: El Bosco, El jardín infinito plasma lo que transmite el Bosco a distintas personalidades del mundo de la cultura bajo la dirección de José Luis López Linares, ganador de dos premios Goya.

En 2016 se han dado multitud de proyectos para recordar la figura del pintor, y están logrando visibilidad. (¿Se está haciendo esto realmente con Cervantes?). Por ejemplo, Max, dibujante de cómics, lanza El tríptico de los encantados (Una pantomima bosquiana) para acercar la obra del holandés a los apasionados del tebeo. Siguiendo la línea del tirón del pintor, para julio está prevista una videoinstalación en una de las salas del Prado que, a través de la tecnología, permitirá al espectador formar parte de la experiencia del Bosco y acercarse al celebérrimo tríptico del Jardín de las delicias.

El proyecto de 35 minutos, denominado Universo Bosco, cuenta con la colaboración del cineasta Andrés Sanz. Esta experiencia nos permitirá lo que creo que al fin y al cabo han deseado muchas de las personas que han contemplado el cuadro a lo largo de los siglos: formar parte de él. El Padre Sigüenza dijo del Bosco en el siglo XVI “… frente a los que pintan al hombre por fuera, él lo hace por dentro”.

Y así es. A diferencia de otros flamencos, El Bosco no se recreó cultivando el género del retrato (como el Matrimonio Arnolfini de Van Eyck) sino que, a través de sus óleos, mostró rincones recónditos de nuestra condición. Ahonda en las imperfecciones del ser humano conjugando lo profano con lo religioso. Somos pecadores, disfrutamos bebiendo, o incluso matando o participando en orgías. Nos avergonzamos de nuestros actos, pero los cometemos. Eva mordió la manzana. Y durante 500 años, ojos igualmente pecadores, lujuriosos, lascivos, humanos, al fin y al cabo, han contemplado la sucesión narrativa del paraíso al infierno que planteó el Bosco. Y el cuadro, impertérrito, nos provoca las mismas sensaciones.

Paraísos e infiernos

A priori, podría parecer que El Bosco no fue precisamente un ferviente cristiano. Todo lo contrario. Su profunda religiosidad se entiende, por ejemplo, al considerar que su pintura llegó a encandilar a Felipe II (devoto y piadoso, la bandera de la cristiandad en Europa), que adquirió varias de sus obras maestras a la familia Guevara. El carro del heno o el Jardín de las delicias estuvieron en el Monasterio del Escorial, ejecutado por Juan de Herrera y que estilísticamente es la antítesis del arte del Bosco: frío, hermético, sobrio e inaccesible.

El Bosco

Vemos lo que queremos. Viendo la exposición, oí a una señora decir que en uno de sus trípticos aparecía el hombre de hojalata (‘que sí, joder, que es el de Oz’), y una amiga veía, además de una fuente de las que bebió el Surrealismo, matices que influenciaron al Manga.

Hyeronimus van Aeken soñaba, del mismo modo que todos soñamos.

Nos hemos empeñado en interpretarle. En coger de él elementos llamativos para dar forma a nuestras propias elucubraciones. Rafael Alberti le calificó como ‘el máximo creador de sueños, de pesadillas oníricas, capaces de marcar nuestro recuerdo para siempre. Sedujo a los surrealistas: Bretón le considerará un visionario y Dalí tomará una roca antropomórfica del Jardín para su Gran Masturbador. Las teorías psicoanalíticas de Freud llevaron a buscar en sus pinceladas indicios de sexualidad reprimida y en sus quimeras se quisieron ver terrores que son sólo comprensibles en un mundo como el de hoy.

Hyeronimus Van Aeken fue, en sus convicciones religiosas, ciertamente ortodoxo y conservador. Su pintura es hoy un jeroglífico iconográfico de difícil solución, pero acorde con su tiempo. Muchas de sus representaciones se explican con refranes o creencias populares de la época. Para algunos, las frutas simbolizan lo efímero de la dulzura de los placeres, pero el Bosco también sanciona prácticas como la brujería o los charlatanes (La extracción de la piedra de la locura).

El Juicio Final, El Jardín de las delicias, El carro del heno, Las tentaciones de San Antonio AbadTodas ellas son diferentes, pero en todas aparece un elemento común: el incendio. El fuego es uno de los símbolos predilectos del Infierno, y el Bosco nos promete llamas y la quema de nuestras almas si no accedemos a la Salvación. En 1463, con 12 o 13 años, un incendio arrasó su ciudad natal, lo que debió de marcarle significativamente.

El Bosco

La verdad tras el nombre

TVE realizó una entrevista a finales de mayo a Henk Boom, autor del ensayo El Bosco al desnudo. Boom es un periodista holandés entusiasta del arte que ha estado afincado en Madrid durante 30 años, y durante cada uno de ellos, ha acudido al Prado entre cinco y diez veces para visitar la sala 56, donde descansaba El jardín de las delicias. Además de resistirse a enmarcar al Bosco dentro de los primitivos flamencos, como el mencionado Van Eyck o Van der Weyden, Boom recoge en su libro una de las teorías más controvertidas en torno a la figura de El Bosco. Desacredita con autoridad la hipótesis  de William Fraegner, que en 1947 ubicó al Bosco dentro de la secta de los adamitas, una herejía que actuó con fuerza durante la Edad Media y en Holanda continuó vigente en los tiempos del Bosco. Se caracterizaba por el nudismo y por la anarquía absoluta en la que vivían sus miembros, que trataban de emular el momento primigenio en el que Adán y Eva habitaban el Edén. Los adamitas vivían en cuevas, y no es difícil distinguir, en muchos de los cuadros del Bosco, a figuras ocultas en grutas y cavernas realizando prácticas sexuales que no se podrían calificar de implícitas.

Javier Sierra (autor, entre otros, de El misterio del prado) es seguidor de esta teoría del adamismo bosquiano. Claro que también es verdad que Javier Sierra se pasó una noche durmiendo en la pirámide de Keops, o que afirma que en la Antigüedad nos han visitado extraterrestres, pero eso es harina de otro costal. Para ir más allá, en Cuarto Milenio se ha dicho que los demonios que pintaba fueron los que protegieron su casa del incendio de 1463. Otra argumentación, sostenida por Robert Delevoy, es que consumía cannabis para potenciar su creatividad. (El Bosco, no Iker Jiménez).

¿De verdad es tan importante saber quién fue el Bosco? No escribo aquí ‘Hyeronimus van Aeken’, porque quizá en cierto momento dejaron de ser la misma persona. Su arte se valora aún más por su enigmática personalidad, pero, ¿no pudo ser un genio, sin más? O ‘con todo’, porque ser un genio ya es bastante. ¿Tanto morbo tiene saber quién fue Shakespeare? Pudo ser un rebelde, un visionario, un perturbado, pero desde luego un artista excepcional, o quizá todo a la vez. Creo que a todos nos gusta El Bosco porque es infinito, no sabemos a ciencia cierta dónde quería llegar y llevamos cinco siglos sin hacerlo. Creo que el Bosco ejerce una fascinación sobre nosotros similar a la de las cosas que no llegamos a entender.

No hay comentarios