El arte en ‘Metrópolis’, de Fritz Lang

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Después del estreno de Los Nibelungos (1924), se dice que Fritz Lang -junto con Erich Pommer y dos directivos de la UFA-, viajó hasta Nueva York, donde, desde el puerto, contempló estupefacto el skyline de la ciudad americana. Imagínese a este prolífico cineasta, nacido en Viena en 1890, cautivado desde el barco con las posibilidades arquitectónicas que ofrecía América. Son éstos los edificios que luego tratará de retratar en Metrópolis, película de 1927.

Fritz Lang comenzó a estudiar arquitectura (su padre, Anton Lang, era jefe de los trabajos públicos de Viena) en 1908 y era la arquitectura lo que realmente le interesó en esta época aún temprana de su producción cinematográfica. Tal y como escribe Quim Casas en el libro de Lang de la colección Signo e Imagen/Cineastas, Cátedra, (1991): ”Si El doctor Mabuse ya reflejaba en 1922 el estado de ánimo de una Alemania de posguerra que no sabía olvidar su derrota y remontar su fracaso, las dos primeras películas sonoras de Lang se erigen en vibrante radiografía de la subida, lenta pero segura, del ideario hitleriano”. Su mujer, Thea von Harbou, a quien corresponde el texto, simpatizará con esta ideología.

Ambos se acabarán distanciando por su posicionamiento ideológico.  En 1932, Goebbels (que ya había prohibido su película El testamento del doctor Mabuse) le cita en el Ministerio de Propaganda y le propone hacerse cargo de la dirección de los estudios UFA (para Goebbels, destinados meramente a la propaganda nazi). Al día siguiente, Fritz Lang huye a Francia. A partir de entonces irá adquiriendo una mayor conciencia política, hasta retractarse de algunas de sus ideas, pero asumiendo su parte de culpa.

En Francia y sobre todo en América, Lang trabajará en obras que serán fundamentales para el devenir del cine negro. Para la revista Trois Lumiêres, Lang reconocerá en fechas posteriores: ”He estudiado arquitectura y concibo mis decorados. A menudo, yo mismo los dibujo y colaboro de forma muy estrecha con el operador”. La ciudad americana genera en él una potente emoción en la época en la que están naciendo las ciudades ‘verticales’ características de las sociedades de masas. Estos rascacielos están construidos bajo la influencia de la llamada ‘Escuela de Chicago’ con Sullivan como máximo exponente, que tendrá también su reflejo en el racionalismo europeo. Probablemente Fritz Lang alucinó con edificios como el Flatiron, construido en 1902.

Metrópolis es una película alemana de 1927 que nos sitúa en una megalópolis futurista en la que existen dos clases sociales taxativamente diferenciadas cuyos mundos son completamente distintos.

Por un lado están los obreros, la clase productiva, que habita en las profundidades de la tierra, y por el otro las élites que se lucran de su trabajo y viven en la superficie, en el denominado ‘Club de los Hijos’, con sus teatros, sus bibliotecas y sus estadios. Los rascacielos y el tráfico de vehículos futuristas son parte del atrezzo del film. En las profundidades están también las máquinas que permiten que la ciudad prospere. Las máquinas requieren muchísimo esfuerzo, y se cobran incluso vidas de trabajadores. La temperatura sube hasta que de una de las máquinas surge Moloci, una figura aterradora con fauces de dioses babilonios que ‘devora’ al obrero.

Es una de las muestras del expresionismo, ya que Metrópolis incluye referencias a al mundo babilónico y egipcio. Frersen le cuenta a su padre, empresario y gobernador de la ciudad, todo lo que ha visto y sentido. La relación entre ambos es el eje argumental que estructura la obra. Joh Fredersen se disgusta y pregunta qué hacía su hijo en la sala de máquinas. Grot, el capataz, comunica a a Joh Fredersen que están apareciendo unos planos, en los que se supone que hay ideas de revolución. Fredersen despide a su empleado Josaphat por no tener conocimiento de esto y comunica que se espíe a su hijo.

Metrópolis

Detrás de este planteamiento, inicialmente marxista, de lucha de clases (luego Lang criticará la inconsciencia del obrero) el art decó también aparece en Metrópolis, como podemos apreciar, sobre todo, en el célebre cartel de la película diseñado por Heinz Schulz-Neudamm.

La Nueva Torre de Babel, el epicentro de la ciudad, también es un elemento destacado dentro de las construcciones de la ciudad, pero también existen pirámides, o la casa del inventor Rotwang, que destaca como una estructura casi medieval en medio de los rascacielos.  La utilización de la luz en toda la película es magistral. La visión de Lang es pesimista, aunque el pacto final, acontecido a las puertas de una catedral gótica, deje espacio para una esperanza teñida del cristianismo del Antiguo Testamento.

Fritz Lang denuncia las injusticias de un capitalismo que consume (a veces literalmente, a través de Moloci) al hombre a través de un proceso de producción del que el trabajador no obtiene beneficios.

Metrópolis

La misma torre de Babel está inspirada en la representación de Peter Brueghel el Viejo del siglo XVI.

Metrópolis, entre la ciencia ficción y el expresionismo alemán, se adentra en el terreno político de una manera muy ambigua. Su temática abarca cuestiones universales, como el amor o la figura autoritaria del padre, combinadas con referencias a cuestiones históricas de la época. Presenta un conflicto a través de las contradicciones sociales para concluir con una resolución final en la que el film pasa de ser una distopía a una utopía en una época en la que, a principios del siglo XX, la máquina se erige como el símbolo de una nueva sociedad.

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