Mes de junio del año 2016: saturados de información, vídeos, melodías, imágenes, estímulos y un largo etcétera malvivimos a duras penas recordando lo que perciben nuestras retinas, ya cansadas de esta intoxicación audiovisual, culpable de que no nos veamos influidos ni por una ínfima porción de todo lo que consumimos -quizás por la edad, quizás por esta nueva era moderna que tanto acecha a formas de vida pasadas-.

Es por eso que me veo en la necesidad de expresar mi  asombro al descubrir que tal año como este se han cumplido cuatro décadas del estreno de la película Cría cuervos, escrita y dirigida por Carlos Saura. Sin duda alguna este film marcó a más de uno, de entre los cuales me incluyo, pero no de un modo racional, puesto que era demasiado pequeño como para lograr entender algo, sino que ciertas escenas y personajes se quedaron grabadas en mi prematuro cerebro –tendría unos diez u once años cuando en la TV2 dieron una reposición de todas las películas ochenteras del director-.

Cría cuervos

El caso es que me decidí a volver a ver el largometraje, no sé si por nostalgia y necesidad de “sufrir” una regresión al pasado o por el simple hastío de un domingo matutino. Tengo que reconocer que su visionado se me hizo más largo de lo que recordaba, hecho que podría deberse a la saturación mencionada anteriormente; aun así las imágenes lograron conmoverme en más de una ocasión. Hay una escena en concreto en la que aparece una mujer mayor –la abuela de la familia-, con alzhéimer y en silla de ruedas, sonriendo impávida y sigilosa al ver un collage con fotografías de toda su existencia, que consigue erizarte los pelos literalmente.

La historia, pues, trata acerca de una familia progresivamente rota y sus vicisitudes para anteponerse a las dificultades que esto conlleva. El personaje de la madre, interpretado por Geraldine Chaplin, constituye a la mujer -ama de casa- oprimida del franquismo: sin voz ni voto se resigna a acatar las órdenes de su marido adúltero y militar (Héctor Alterio), que entre mentiras y silencios la inducirá a encerrarse entre las cuatro paredes de su casa, sumándose a una grave depresión mientras cuida de sus tres hijas y posteriormente a una enfermedad que le lleva a la muerte. Este hecho marcará de por vida a la protagonista de esta historia, la hija mediana de Geraldine, interpretada por una joven Ana Torrent (Tesis, El espíritu de la Colmena, El nido, etc.).

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La niña, muy observadora aunque a veces ajena a la realidad, interpretará que la muerte de su madre se debe al comportamiento del padre, que a su vez morirá -sorprendentemente una noche junto a una de sus amantes-. Ana creerá que esta muerte es responsabilidad suya, pues horas antes vertió en su vaso una sustancia blanca y misteriosa según ella mortal de necesidad. De este modo las tres hijas pasarán a estar tuteladas por su tía (Monica Randall), que con manos de hierro y total rigidez las criará: cualquier pequeño rastro de espontaneidad y diversión por parte de las pequeñas y la criada (Florinda Chico) será cortado de raíz.

Ante tal situación la pequeña protagonista desarrollará unas visiones y alucinaciones referentes a su madre que la transportaran a significativos remansos de paz, así como la creencia de que tiene poderes fruto de la capacidad de matar. En secreto llevará sus sueños y experiencias oníricas hasta el punto de confrontarse con su conservadora tía, que la cohíbe y ahoga emocional y psíquicamente.

(SPOILER) El desenlace de la película se da cuando una noche la niña decide asesinar a su tutora legal con los polvos blancos. Sorprendentemente al día siguiente la tía se levanta con un aspecto estupendo, con lo cual Ana despierta de su fantasía, dándose cuenta de que las facultades atribuidas a esa sustancia son completamente ficticias, al igual que los encuentros nocturnos con su difunta madre. Esa mañana marca el comienzo de una nueva etapa para la niña, de madurez y conocimiento.

Esta singular historia nos evoca de alguna forma el poder negativo que el propio franquismo, al igual que cualquier otra dictadura, ejerce sobre el crecimiento y desarrollo personal de toda persona. Necesitadas de libertad e imaginación sana los educadores de las niñas son básicamente la pérdida –como en la guerra-, la opresión, la rigidez, el secretismo, la disciplina, etc. Esto provoca un comportamiento antisocial y hermético por parte de la pequeña que la llevará al inocente pero consciente intento de asesinato.

Es por esto que en cierta forma, tanto en el franquismo como en el post-franquismo aún vigente en ciertos ámbitos, a todos nos han criado como a cuervos, deseando en algún que otro momento sacarle los ojos a alguien y así alzar el vuelo libremente.

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